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27 noviembre 2014

Al cine: Jimmy 's Hall: Irlanda, 1932. Pues mucho no hemos avanzado.

Después de una introducción con imágenes de archivo en blanco y negro de la crisis norteamericana del 29, la pantalla se vuelve verde. El color de Irlanda pinta el resto de esta película inspirada en hechos reales. Ken Loach nos trae en Jimmy's Hall a la figura de un activista comunista que se convirtió en el único deportado político de la República Irlandesa de la historia, Jimmy Granton.

El director (con su guionista habitual Paul Laverty) regresa a las pantallas con este nuevo trabajo muy en la línea de su filmografía. De nuevo cine social y político, testimonio de una época, como ya hizo en anteriores trabajos como Tierra y libertad (1995), El Viento que agita la cebada (2006), o La Cuadrilla (2001). Aunque para mi opinión, esta vez no llega a la altura de las anteriores.

¿Qué cuenta Jimmy's Hall?

La película arranca en 1932, fecha en la que Granton decide volver de su exilio en Estados Unidos a su pequeño pueblo irlandés, para retomar las riendas de la granja familiar. Irlanda acaba de padecer la guerra de la independencia. Hay hambre, poco trabajo y menos libertades. Y el regreso de Granton provoca reacciones diversas entre sus ciudadanos. A un lado la Iglesia y los latifundistas, al otro, los jóvenes que han crecido oyendo a sus padres hablar de los bailes y las clases en el local de Jimmy, y quieren que él vuelva a abrir ese espacio de libertad, cultura y diversión.

Aunque la película es muy coral, hay que destacar el gran trabajo del actor que sostiene el filme. La interpretación de Barry Ward como Jimmy Granton, quien se hace con el  carisma de este líder revolucionario, mantiene prácticamente todo el peso de la película.

Me ha encantado la banda sonora original, es de Georges Fenton que ha sido nominado al Oscar en cinco ocasiones. Y lo que no me ha gustado es que es un poco maniquea, los malos son muy malos y los buenos son muy buenos.

Para seguidores de Ken Loach.

04 noviembre 2014

Al cine: Dos días, una noche. Érase una cámara pegada a una actriz. Cotillard en estado puro.


Esto era una vez una cámara pegada a una actriz. Y si la actriz es Marion Cotillard el resultado no puede ser mejor.


Los hermanos Dardenne eligen a la actriz francesa (la Edith Piaf de La vida en rosa) para ser la protagonista de Dos días, una noche, y supongo que lo hacen con la seguridad de que su interpretación va a ser magistral. Y así es. La francesa 
prácticamente no abandona la pantalla en toda la película. La seguimos con la convicción de que compartimos con ella su calvario y que con nuestra compañía la alentamos. 

Dos días, una noche es un retrato de la actual crisis económica y de la actual crisis de valores. Una película que podríamos clasificar dentro del llamado cine social, del que los realizadores belgas ya dieron un buen ejemplo con la magnifica El niño de la bicicleta
.  (http://sargantanaxpress.blogspot.com.es/2011/11/el-nino-de-la-bicicleta.html)

¿Que nos cuenta Dos días, una noche ?

A Sara (Cotillard), de baja por depresión, le comunican un viernes que ha sido despedida de su trabajo en una fábrica después de que una votación entre sus compañeros orquestada por su jefe eligiera su marcha y una paga extra de 1.000 euros anuales para cada uno de ellos por encima de la opción de mantenerla en plantilla y renunciar a esa paga. Apoyada por su amiga Juliette y por su marido Manu, Sara consigue que sea celebrada una nueva votación al respecto para el lunes siguiente, con lo que tiene un fin de semana por delante para ir visitando a cada uno de sus compañeros e intentar que el próximo resultado le sea favorable.

Ese fin de semana será un rosario de encuentros y desencuentros. De emociones y llantos. Un recorrido por una pequeña ciudad belga que es el retrato de la Europa que nos ha dejado esta crisis. Trabajadores de numerosas nacionalidades, de estados civiles variados, con sus problemas familiares y económicos, con sus miserias y sus aspiraciones. Una fotografía de la precariedad moral del ciudadano de a pie. Una crónica social con mucho de suspense. Los realizadores belgas consiguen, que desde el principio al fin, tú estés pendiente de cada visita de Sara, de esa cuenta atrás donde ha de ir sumando adeptos a su causa, hasta el punto de que el espectador lleva la cuenta como si de su propio puesto de trabajo se tratara . Y a eso ayuda esa cámara pegada todo el rato a la actriz, siguiendo a esta reina de la interpretación que solo con su caminar, con sus gestos te trasmite la cruda, angustiosa y desesperada búsqueda de un poco de solidaridad o de comprensión por parte de sus compañeros de fabrica. Y a la vez muestra el sentimiento de humillación, casi un acto de mendigar el afecto ajeno.