26 agosto 2007

Bajo la parra

Estoy sentada debajo de una parra. A mi derecha hay un jazmín que siempre ha estado ahí, es decir que al menos tiene mi edad; enfrente tengo un membrillo casi centenario que continua pariendo membrillos y enterrando soles, como el de Antonio lópez. Estoy sentada en un tumbona, y el viento que empuja, más que sopla estos dias, me despeina y me despierta a esta hora temprana de domingo, las once del mediodia. Es el momento ideal para no pensar pero no puedo. Quiero concentrarme en las chicharras y el sonido lejano del trenet que viene de L'Alfàs, pero no puedo. Quiero dejar de pensar pero la cabeza no me da otra opción. Parece que tiene trabajo acumulado al que hay que dar salida. Hilvano ideas, recuerdos o información fugaz hasta cuajar un tremendo absurdo. Me viene a la cabeza la pequeña Madeleine, el piso nuevo de mi hermana Sara, la falta de "constancia" para ir al baño desde que volví de viaje, la cuenca del Okavango ,y mi primer negocio-fracaso. Vuelvo a concentrarme en las chicharras y dejo de pensar por un leve instante. O tal vez, no he dejado de pensar, es sólo que las chicharras acaparan todo mi interés. Me pregunto en que consiste la vida de las chicharras. ¿Trabajan para comer? ¿Tiene alguna utilidad el sonido que provocan? ¿Se comunican entre ellas? La incógnita de este insecto veraniego no me deja pensar en otra cosa. Pero lo que de verdad quisiera es no pensar en nada.